28/04/2024
A comienzos de 1871, Buenos Aires era una ciudad vibrante y caótica, un crisol donde casi la mitad de sus 188.000 habitantes eran inmigrantes buscando un futuro. La noticia de una enfermedad en la lejana Río de Janeiro sonaba como un rumor distante, una amenaza que ya había amagado con golpear antes sin mayores consecuencias. Nadie imaginaba que ese fantasma, la fiebre amarilla, estaba a punto de desatar el capítulo más oscuro y aterrador de la historia de la ciudad, una pesadilla que pondría a prueba su resiliencia y cambiaría su fisonomía para siempre.

Crónica de una Tragedia Anunciada
La confianza inicial se basaba en una falsa sensación de seguridad. El presidente Domingo Faustino Sarmiento, desestimando el peligro, decidió no extender la cuarentena para los buques que llegaban de Brasil. Sin embargo, el mal ya se había infiltrado. Proveniente de Paraguay, un país devastado por la Guerra de la Triple Alianza, la enfermedad encontró en los soldados que regresaban el vehículo perfecto. Los primeros casos nacionales se detectaron en Corrientes, pero la capital aún se sentía a salvo.
El 27 de enero de 1871, la tragedia tocó la puerta de Buenos Aires. Tres casos aparecieron en el barrio de San Telmo, pero fueron recibidos con indiferencia. La negación duró poco. Para el 1 de febrero, el diagnóstico era oficial: se trataba de fiebre amarilla. La reacción de las autoridades fue lenta y torpe. El 4 de febrero se aisló San Telmo y el 7, la ciudad entera fue declarada "puerto infectado". A partir de ese momento, el descenso a los infiernos fue vertiginoso.
Marzo fue un mes de horror indescriptible. Los muertos se contaban por más de 150 diarios, con picos de 200. En abril, la situación alcanzó su clímax apocalíptico: más de 500 personas morían cada día, una cifra escalofriante si se considera que la media diaria normal era de apenas 20. El escritor Paul Groussac lo describió con crudeza: “Por centenares sucumbían los enfermos, sin médico en su dolencia, sin sacerdote en su agonía, sin plegaria en su féretro”. Las calles se vaciaron de vida, pero se llenaron de muerte. Los carros fúnebres no daban abasto y los ataúdes se apilaban en las esquinas. Pronto, ni siquiera hubo madera para los féretros, y los cuerpos comenzaron a ser envueltos en simples trapos.
Una Ciudad Insalubre: El Caldo de Cultivo Perfecto
La epidemia no surgió de la nada; encontró en Buenos Aires el terreno fértil para su propagación. La ciudad era una bomba de tiempo sanitaria. La mayoría de la población consumía agua de aljibes o directamente del río, ambos contaminados. El Riachuelo era un depósito de desechos industriales de saladeros y mataderos, un foco de podredumbre constante. No existía un sistema de cloacas, por lo que los excrementos se acumulaban en "pozos negros" que filtraban a las napas subterráneas, envenenando el agua que la gente bebía.

El epicentro del desastre social eran los conventillos, especialmente en la zona sur. En estas viviendas hacinadas, donde inmigrantes y los sectores más pobres vivían en condiciones deplorables, la higiene era una utopía. Un caso paradigmático fue el de un conventillo en las calles Paraguay y Cerrito, donde el dueño prohibía arrojar la basura, obligando a los inquilinos a apilarla durante meses en un patio. Él y su esposa fueron de los primeros en morir. En ese entonces, nadie sabía que el verdadero culpable era un mosquito, el Aedes aegypti, que se reproducía felizmente en las aguas estancadas y las condiciones insalubres que definían a gran parte de la ciudad.
La Búsqueda de Culpables y la Fuga del Poder
Ante el pánico y la incomprensión, la sociedad buscó un chivo expiatorio. La culpa recayó sobre los inmigrantes italianos, estigmatizados por su pobreza y por vivir hacinados. La Comisión Popular, creada por vecinos desesperados ante la inacción del gobierno, ordenó la clausura de muchos conventillos, expulsando a sus habitantes a la calle y quemando sus pocas pertenencias. El aire de la ciudad no solo olía a muerte, sino también al humo de las fogatas de madera y alquitrán que se encendían con la creencia errónea de que así se "purificaba" la atmósfera.
La respuesta de las autoridades fue vergonzosa. El presidente Sarmiento, su vicepresidente y la mayoría de los miembros de la Corte Suprema y diputados huyeron de la ciudad, un gesto que fue duramente criticado por la prensa de la época. Diarios como La Nación y La Tribuna clamaban por acción, pero el poder había abandonado a su gente. Fue la ciudadanía, a través de comisiones populares y la valentía de médicos y voluntarios, la que intentó organizar la resistencia contra la plaga.
Las Cicatrices de la Peste: Un Antes y un Después
Cuando el frío del otoño finalmente comenzó a disipar la enfermedad a mediados de mayo, Buenos Aires era una ciudad traumatizada y transformada. El saldo final fue de aproximadamente 14.000 muertos, un 8% de la población total. Pero las consecuencias fueron mucho más allá de las vidas perdidas.

La epidemia dejó al descubierto la insostenible precariedad sanitaria de la ciudad. La tragedia forzó a una modernización impostergable. En 1874 se inició la construcción de la red de aguas corrientes y en 1873, las obras cloacales. Se prohibieron los saladeros en las márgenes del Riachuelo y se comenzó a valorar la importancia de los espacios verdes para la circulación del aire.
Socialmente, la fiebre amarilla redibujó el mapa de Buenos Aires. Las familias más adineradas, aterrorizadas, abandonaron sus casonas en los barrios del sur como Constitución y San Telmo y se trasladaron masivamente a la zona norte, poblando barrios como Recoleta y sentando las bases de una división socioeconómica que perdura hasta hoy. El sur, abandonado por los ricos, fue ocupado por los nuevos inmigrantes que seguían llegando, perpetuando las condiciones de hacinamiento.
Buenos Aires: Antes y Después de la Epidemia
| Aspecto | Antes de 1871 | Después de 1871 |
|---|---|---|
| Saneamiento | Agua de aljibes y río; pozos negros; Riachuelo contaminado. | Inicio de la red de agua corriente y obras cloacales. |
| Distribución Poblacional | Las clases adineradas residían en el sur (San Telmo). | Migración masiva de la élite hacia la zona norte de la ciudad. |
| Infraestructura Funeraria | Cementerios existentes colapsados, como el del Sur. | Creación de un nuevo cementerio de emergencia: el de la Chacarita. |
| Conciencia Pública | Desconocimiento de las causas de la enfermedad (teoría miasmática). | Toma de conciencia sobre la importancia de la higiene y la salud pública. |
Preguntas Frecuentes sobre la Epidemia
¿Cuál fue el número total de muertes por la fiebre amarilla en 1871?
Se estima que el saldo final fue de aproximadamente 14.000 muertes en solo seis meses, lo que representaba cerca del 8% de la población total de Buenos Aires en esa época.
¿Cómo llegó la enfermedad a Buenos Aires?
Se cree que la enfermedad fue introducida desde Brasil y Paraguay, principalmente a través de los soldados que regresaban de la Guerra de la Triple Alianza y por el tránsito de barcos comerciales en el puerto.

¿Por qué la epidemia se extendió tan rápido?
La rápida propagación se debió a una combinación de factores letales: las pésimas condiciones sanitarias de la ciudad, el agua contaminada, el hacinamiento en los conventillos y el desconocimiento total sobre el vector de la enfermedad, el mosquito Aedes aegypti.
¿Qué cambió en la ciudad después de la epidemia?
La tragedia impulsó transformaciones estructurales fundamentales. Se iniciaron grandes obras de infraestructura sanitaria, como la red de agua corriente y las cloacas, y se produjo un reordenamiento urbano con el desplazamiento de las clases altas hacia el norte, definiendo la geografía social de la ciudad moderna.
¿Quién era el presidente durante la epidemia y cómo actuó?
El presidente era Domingo Faustino Sarmiento. Su gestión fue muy criticada, ya que, aconsejado por sus ministros, abandonó la ciudad en el peor momento de la crisis, un acto que fue percibido como un abandono a la población.
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