El Lado Oscuro de la Repostería: Yiya Murano

17/09/2017

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La hora del té, ese ritual sagrado de la tarde donde las confidencias fluyen entre sorbos de infusión caliente y bocados de dulces delicias. Las masitas finas, los scones tibios y las porciones de torta esponjosa son el escenario perfecto para la amistad y la camaradería. Sin embargo, en la Argentina de finales de los años 70, esta ceremonia de confianza se convirtió en el arma predilecta de la primera asesina en serie del país, una mujer que transformó los inocentes pasteles en vehículos de la muerte. Su nombre era María de las Mercedes Bolla Aponte de Murano, pero la crónica policial y el imaginario popular la inmortalizarían con un alias mucho más corto y aterrador: Yiya Murano.

¿Qué hizo Martín con la torta que estaba sobre la mesa?
“Me quiso matar con una torta que estaba sobre la mesa ”, contó Martín muchas veces, pero el impacto de sus palabras es igual de fuerte cada vez. A la distancia y ya convertido en un hombre, pudo reconstruir la secuencia que casi termina con su vida.
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¿Quién fue Yiya Murano? El Ángel Exterminador de Montserrat

A simple vista, Yiya Murano no era más que una mujer de clase media del barrio porteño de Montserrat. Con su apariencia cuidada y sus modales refinados, se movía con soltura en círculos sociales donde la confianza se construía sobre pequeños préstamos y favores. Yiya, que se había recibido de maestra pero ejercía como usurera, ideó un plan macabro: tomaba grandes sumas de dinero de sus amigas y primas bajo la promesa de invertirlas y generar intereses fabulosos. Pero la devolución del capital nunca estuvo en sus planes. Cuando la presión por saldar las deudas se volvía insostenible, Yiya recurría a su método final: una invitación a tomar el té.

Entre febrero y marzo de 1979, su plan se cobró la vida de al menos tres mujeres: su prima Carmen Zulema del Giorgio Venturini, y sus amigas Nilda Gamba y Lelia Formisano de Ayala. El patrón era escalofriantemente similar. Las víctimas se reunían con Yiya para una tarde de té y pasteles, y poco después, fallecían. Inicialmente, las muertes fueron catalogadas como paros cardíacos, una conclusión plausible para mujeres de cierta edad. Nadie sospechaba que detrás de esa fachada de amabilidad se escondía una fría envenenadora, una mujer que servía la muerte en una taza de porcelana.

El Té de la Muerte: Pasteles como Arma Letal

El modus operandi de Yiya Murano era una obra maestra de la manipulación psicológica. La invitación a su casa o a una confitería era un acto de normalidad, un gesto que disipaba cualquier sospecha. En ese ambiente relajado, con el aroma del café y las masas recién horneadas, sus víctimas bajaban la guardia. Era el momento perfecto. El veneno elegido, el cianuro, era ideal para su propósito. Su característico olor a almendras amargas podía ser fácilmente enmascarado por los sabores intensos de la repostería, como un mazapán, un amaretto o una esencia de almendras en la crema de una torta. Más probablemente, lo disolvía directamente en el té o el café, aprovechando un momento de distracción.

El horror de sus crímenes no solo reside en el acto de matar, sino en la profunda traición que representaba. Asesinaba a quienes confiaban en ella, a quienes le habían abierto las puertas de su casa y de su economía. La misma mano que ofrecía una masita dulce era la que, minutos antes, había dosificado el veneno que detendría sus corazones. La escena del crimen no era un callejón oscuro, sino una mesa de té prolijamente servida, convirtiendo un símbolo de afecto en el preludio de una agonía silenciosa.

La Torta que Nadie Comió: El Intento de Asesinato de su Propio Hijo

La crueldad de Yiya Murano no conocía límites, ni siquiera el del lazo sanguíneo. Quizás el episodio más revelador y espeluznante de su historia no involucra a sus acreedoras, sino a su propio hijo, Martín Murano. Años antes de que sus crímenes salieran a la luz, cuando Martín tenía apenas 10 años, estuvo a punto de convertirse en una víctima más.

Según el propio relato de Martín, su madre mantenía relaciones con varios amantes, y a uno de ellos le había prometido una vida juntos, sin ataduras. El único obstáculo en ese plan era él, su hijo. Instigada por este hombre, Yiya preparó el escenario. No fue una invitación formal, sino una trampa casera. Dejó una torta sobre la mesa de la cocina, a la vista del niño, sabiendo que la tentación sería demasiado grande. El plan era sencillo: Martín la comería y el problema desaparecería.

¿Qué hizo Martín con la torta que estaba sobre la mesa?
“Me quiso matar con una torta que estaba sobre la mesa ”, contó Martín muchas veces, pero el impacto de sus palabras es igual de fuerte cada vez. A la distancia y ya convertido en un hombre, pudo reconstruir la secuencia que casi termina con su vida.

La escena se desarrolló tal como la había imaginado. Martín, un niño como cualquier otro, vio el pastel y no dudó. Cortó una porción generosa y se la llevó a la boca. Pero justo en el instante previo a dar el primer mordisco, Yiya intervino. Se la arrancó de la mano y la arrojó frenéticamente por el incinerador del edificio. ¿Fue un acto de arrepentimiento maternal? Su hijo, décadas después, lo negaría rotundamente: “No se arrepintió, simplemente no se animó a dármela, que es muy distinto”. Ese momento no fue un destello de amor, sino un instante de cobardía que, paradójicamente, le salvó la vida.

El Veneno en la Repostería: Un Análisis Comparativo

El caso de Yiya Murano nos obliga a mirar con otros ojos los ingredientes de nuestra despensa. El cianuro, aunque un veneno potentísimo, no es el único que ha sido utilizado en la historia criminal a través de los alimentos. A continuación, una tabla comparativa de algunos venenos y su potencial uso en la cocina.

VenenoSabor / Olor CaracterísticoFacilidad de EnmascaramientoSíntomas Principales
Cianuro de PotasioAlmendras amargas (no todos lo perciben)Alta, especialmente en postres con almendras, café fuerte o licores.Mareos, convulsiones, asfixia, muerte rápida.
ArsénicoInsípido e inodoro en pequeñas dosis.Muy alta. Se disuelve fácilmente en líquidos y masas.Dolor abdominal agudo, vómitos, diarrea.
EstricninaSabor extremadamente amargo.Baja. Difícil de ocultar, excepto en alimentos muy amargos como el chocolate negro.Convulsiones violentas, rigidez muscular, muerte por asfixia.

Preguntas Frecuentes sobre el Caso Yiya Murano

¿Realmente Yiya Murano usaba pasteles para envenenar?

Si bien los pasteles y las masitas eran el señuelo y formaban parte crucial de la escena, la mayoría de las teorías criminalísticas apuntan a que el cianuro era disuelto en las bebidas calientes, como el té o el café. La solubilidad del veneno en líquido lo hacía más efectivo y difícil de detectar al momento de ingerirlo. Los pasteles cumplían la función de crear una atmósfera de confianza y, potencialmente, de ayudar a enmascarar cualquier sabor extraño.

¿Cómo fue descubierta Yiya Murano?

La caída de Yiya comenzó con la muerte de su prima, Carmen Zulema del Giorgio Venturini. Las hijas de la víctima, desconfiadas por la súbita muerte, exigieron una autopsia. Además, el portero del edificio declaró haber visto a Yiya salir del apartamento de la fallecida con un frasco y un pagaré que acreditaba la deuda que tenía con ella. La autopsia reveló la presencia de cianuro, lo que llevó a la exhumación de los cuerpos de las otras dos víctimas, confirmando el mismo veneno en todas ellas.

¿Qué pasó finalmente con Yiya Murano?

Tras un juicio muy mediático, fue condenada a prisión perpetua en 1985. Sin embargo, por diversas razones legales y conmutaciones de pena, recuperó su libertad en los años 90. Pasó sus últimos años en un geriátrico, padeciendo demencia senil, sin recordar los crímenes que la hicieron famosa. Murió en 2014, llevándose a la tumba el número exacto de sus víctimas, que se sospecha fue mucho mayor a tres.

La historia de Yiya Murano es un recordatorio sombrío de que el mal puede esconderse detrás de la sonrisa más dulce y el gesto más amable. Nos enseña que una porción de torta, ese ícono universal de la celebración y el consuelo, puede, en las manos equivocadas, convertirse en el más macabro de los postres.

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